Arte Sonoro, ruido y la honestidad de quien escucha.
Antes de comenzar, pido disculpas por la sinceridad de lo que viene a continuación. No es mi intención ofender a nadie; todo lo contrario, creo que el debate honesto es el único que merece la pena tener. Hay ciertas afirmaciones del Módulo 1 con las que tengo serias dificultades para estar de acuerdo, y considero que ignorarlas en nombre de la cortesía sería hacerles un flaco favor tanto al arte como a quienes lo practican.
La primera cuestión es fundamental: si existe el arte sonoro —y creo que sí existe, y que puede ser extraordinariamente poderoso—, entonces debemos ser capaces de distinguirlo del ruido. Porque si todo ruido es arte, entonces nada es arte.
Pongamos un ejemplo concreto: colocar un zumbador que emita un pitido monótono bajo una alcantarilla no es arte. La ubicación peculiar no añade significado; la intención no publicada tampoco. Si para apreciar una obra necesito que me digan que existe o lo que debería estar sintiendo, el problema está en el origen, no en mi percepción.
Trabajo en la industria. Me paso entre ocho y doce horas al día rodeado de ruido: maquinaria, ventiladores, motores, resonancias metálicas, golpes, fricciones. Ese entorno sonoro existe, es real, y nadie allí dentro lo llama arte. Se llama condición de trabajo, potencial daño auditivo. El ruido industrial no tiene narrativa ni intención estética, no propone nada. Simplemente ocurre como consecuencia de procesos físicos.
He tenido la oportunidad de escuchar con atención parte de la obra de Roland Kayn, y debo ser honesto: la mayor parte del tiempo me resulta ruido sin estructura perceptible. En ocasiones contadas, aparece algún fragmento que me recuerda vagamente a la ambientación sonora de una película de ciencia ficción de serie B de los años setenta. Puede que haya quien encuentre en eso una experiencia profunda. Yo encuentro, principalmente, la confirmación de que el material sonoro por sí solo no hace la obra.
Y aquí quiero detenerme en algo que considero un problema de fondo en ciertos sectores del arte contemporáneo. A menudo me pregunto si algunas de estas propuestas no nacen, más que de una visión artística genuina, de la dificultad de ser original dentro de los cauces tradicionales. Ante la imposibilidad de destacar por el dominio del oficio, por la belleza de la composición o por la hondura emocional de la obra, algunos artistas se lanzan a la búsqueda de lo insólito por el mero hecho de serlo. Buscan la rareza como estrategia de diferenciación cuando les falta creatividad para sobresalir dentro del lenguaje establecido.
Y entonces aparece el esnobismo como cómplice. Hay un sector del público —y de la crítica— que confunde incomodidad con profundidad, rareza con ingenio y hermetismo con sofisticación. Si algo resulta incomprensible o directamente aburrido, la conclusión no es que quizás no haya nada que comprender, sino que el problema es del espectador, que no está suficientemente preparado para apreciarlo. Este razonamiento es circular e inmune a cualquier crítica razonada, lo que debería despertar sospechas.
El caso más extremo —y más citado— de esta lógica es 4’33’’, la famosa pieza de John Cage. La idea teórica detrás de la obra es conceptualmente interesante como proposición filosófica. Ahora bien, como experiencia en sala… Si yo acudo a un concierto y el intérprete se queda parado abriendo y cerrando el piando de vez en cuando y mirando el reloj sin tocar una nota, me enfado. Y creo que tengo todo el derecho a hacerlo. He pagado una entrada, me he desplazado, y lo mínimo que cabe esperar es que alguien haga algo con el instrumento. El rato que dura es, para mí, una oportunidad inmejorable para ir al servicio o acercarme a la barra. No porque sea incapaz de apreciar el arte conceptual, sino porque hay una diferencia entre una proposición intelectual y una actuación que merece la atención del auditorio.
Insisto: hay una distinción que vale la pena trazar. Una cosa es el ruido en sí, y otra muy distinta es el artista que lo toma como materia prima y lo trabaja. Igual que un escultor no convierte en escultura cualquier bloque de mármol por el simple hecho de señalarlo, el artista sonoro hace arte en el momento en que transforma ese material, lo organiza, le da una estructura que el oído puede seguir y que la mente puede interpretar.
Usar una tubería metálica como instrumento de percusión o procesar el sonido de un compresor hasta convertirlo en textura rítmica: eso es distinto. Ahí hay artesanía, decisión y forma. Los instrumentos “no musicales” pueden ser perfectamente válidos dentro de una composición si se emplean con criterio. No es el objeto lo que define si algo es musical, sino lo que el artista hace con él.
La segunda cuestión tiene que ver con la forma en que, a veces, se presenta el sonido en ciertos contextos artísticos: como algo misterioso, invisible, casi mágico. Reconozco que puedo tener un sesgo de formación aquí, y lo admito sin vergüenza. Mi fondo ingenieril me hace ver el mundo en términos de magnitudes, presiones y fases. Pero precisamente por eso sé que el sonido no necesita ningún velo romántico para ser impresionante.
No hace falta ponerse ningún dispositivo en los párpados para apreciar que el sonido se desplaza en ondas de presión. Basta con ponerse delante de un altavoz de graves a volumen moderado-alto: se siente el aire golpeando el pecho. Es ciencia, pero también es una experiencia visceral. No necesita ser mitificada para resultar profunda.
Si alguien quiere observar de forma directa y visualmente impactante el efecto del sonido (ondas mecánicas) sobre la materia, le sugiero que observe las figuras de Chladni. Ernst Chladni, físico del siglo XVIII, descubrió que al hacer vibrar una placa metálica con un arco de violín, la arena esparcida sobre ella se desplaza hacia los nodos de vibración, formando patrones geométricos de una belleza extraordinaria que varía según la frecuencia aplicada. Esos patrones son tan bellos que bien podrían exhibirse en una galería. Aquí el sonido no necesita representación artística: ya es visualmente poético por sí solo.
En definitiva, el arte sonoro puede ser una disciplina seria y profundamente evocadora. Pero como toda disciplina, requiere la valentía de someterse a la pregunta incómoda: ¿esto es arte o simplemente ruido con pretensiones? No tener miedo a esa pregunta no significa ser enemigo del arte. Significa respetarlo lo suficiente como para exigirle que se gane ese nombre.
Un saludo.
Debatecontributions 3en Arte Sonoro, ruido y la honestidad de quien escucha.
Deja un comentario Cancelar respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.
Este es un espacio de trabajo personal de un/a estudiante de la Universitat Oberta de Catalunya. Cualquier contenido publicado en este espacio es responsabilidad de su autor/a.
Hola, Antonio.
Gracias por tu reflexión. Me parece honesta y necesaria, sobre todo porque pone sobre la mesa una cuestión que el propio módulo plantea de fondo: si hablamos de arte sonoro, necesitamos criterios para no confundir cualquier fenómeno acústico con una práctica artística.
Comparto la idea de que no basta con señalar un sonido para que se convierta en obra. El ruido industrial, por ejemplo, existe como consecuencia física de procesos materiales, no como propuesta estética. Sin embargo, creo que el módulo desplaza ligeramente el eje del debate: no tanto hacia «qué sonidos son arte», sino hacia «qué tipo de escucha y qué marco los convierten en práctica artística», ¿no te parece?
Me parece clave la distinción implícita entre sonido como fenómeno físico y sonido como experiencia situada. El mismo zumbido puede ser contaminación acústica en un contexto y convertirse en intervención si hay una operación que lo articule: contexto, intención, forma de presentación y relación con el espacio. No se trata de romantizarlo, sino de reconocer que el arte no se define únicamente por la materia, sino por el dispositivo que la activa.
Respecto a 4’33’’, quizá ahí el gesto no pretende ofrecer una ejecución, sino modificar el contrato de escucha. No obliga a que guste, pero sí cambia el marco desde el cual entendemos qué esperamos de una experiencia sonora.
En todo caso, creo que la pregunta que planteas es pertinente y necesaria. Más que invalidar el arte sonoro, lo obliga a sostenerse críticamente. Y eso, en sí mismo, me parece pertinente, especialmente en este contexto que nos ocupa.
Un saludo.
Buenos días Mónica,
En primer lugar, muchas gracias por tu respuesta. El intercambio de puntos de vista diferentes es precisamente lo que enriquece el diálogo.
Respecto al ruido industrial, quizás no lo dejé suficientemente claro en mi exposición. Lo traigo a colación porque guarda un parecido muy estrecho en el ruido constante que se escucha, ya no dentro de las naves, en los alrededores de la industria. Escuchar a Roland Kayn ha sido, para mí, prácticamente como estar en el trabajo: ruido continuo e indistinto, con alguna variación ocasional que recuerda a lo que sucede cuando ocurre una avería o una parada de máquina. No soy capaz de discernir ningún tipo de arte en ello, porque lo que he escuchado es, fundamentalmente, ruido. Me cuesta imaginar qué puede considerarse artístico en eso.
Por eso te lanzo una invitación: escucha este disco —o lo que sea— y cuéntame qué arte encuentras en él, qué intención percibes, qué sentimiento de admiración te genera. Yo ya lo he hecho y he explicado con honestidad lo que me produce.
En cuanto a la distinción entre el fenómeno físico y el sonido como experiencia situada, estoy completamente de acuerdo contigo, y creo que ahí está la clave. Esos sonidos tienen pleno sentido artístico cuando forman parte de una obra construida con criterio. Voy a citar a uno de mis grandes referentes: Ennio Morricone fue un auténtico pionero al integrar instrumentos no convencionales y sonidos reales en sus bandas sonoras, transformando para siempre el lenguaje de la música cinematográfica. Silbidos humanos, aullidos de coyote, disparos, látigos, gritos, respiraciones, cadenas, campanas, ladridos de perros… Todo eso pasó por sus manos y se convirtió en música. Ahí hay transformación, hay intención, hay forma.
Pero de eso a colocar un zumbador debajo de una alcantarilla —tal y como describe el módulo— y que solo quienes saben que está ahí puedan apreciarlo… Desde mi punto de vista, eso no es arte: es ruido con un añadido de esnobismo. Una obra que únicamente puede ser apreciada por quienes ya conocen su existencia no está comunicando nada; está filtrando al público por iniciación.
Sobre 4’33», creo que la innovación es necesaria y legítima: es el motor del progreso humano, también en el arte. Y como propuesta filosófica, la pieza de Cage me parece coherente e incluso estimulante intelectualmente. De hecho, mientras escribo esto en completo silencio, el crujido rítmico de las teclas mecánicas sobre la placa del teclado tiene, reconozco, cierta musicalidad. Quizás Cage tenía razón en eso. Sin embargo, una cosa es descubrir la música en el silencio cotidiano y otra muy distinta es convertirlo en espectáculo. No tiene ningún sentido para mí permanecer sentado frente a un intérprete que abre y cierra la tapa del piano sin tocar una sola nota. Si tengo que elegir algo que observar durante esos cuatro minutos, prefiero al técnico de sonido: al menos estará trabajando…
Una vez más, muchas gracias por compartir tu perspectiva. Un saludo.
Muchas gracias por tu reflexión Antonio